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María José de Simón; La pregunta agazapada

Santiago Espinosa de los Monteros Varsovia, Polonia.Octubre de 2016. 

Situarse frente a la obra de María José de Simón es emprender un largo y misterioso viaje. Es frecuente que como observadores entremos en un estado de alerta y nos preparamos a lanzar una mirada despojada de expectativas. Ante su trabajo, esa mirada es sorprendida por una obra poco convencional y con una genética infrecuente.

María José de Simón se enfrenta a cada una de sus piezas despojada de un plan. No hay proyecto previo. Nada condiciona la tela segundos antes de que ella pueda vaciar en ella los primeros trazos. De pronto, comienzan a surgir formas inesperadas que brotan de una impronta plena de lirismo.

Su trabajo, parecería hecho casi en automático, deriva en misteriosas formas que al poco de mirarlas desentrañan inexplicables espacios que hacen del espectador un caminante, un investigador, un ser que escudriña entre las oquedades claras para develar el punto en el que se encuentra.

Gruesos trazos negros refieren al punto de observación. Estamos parados bajo una enramada, o dentro de ella quizá. Somos privilegiados observadores de la luminosidad y a la vez presos dentro de una enorme mancha oscura. Pero ese cautiverio es placentero. Nada en su interior asfixia porque es autónomo y se convierte en una suerte de otro con el cual convivir.

No hay figuración, y tampoco un riguroso abstracto ceñido a las escrupulosas reglas que lo definen. Si cupiese el término, se trata de una pintura instintiva que desata en quien la mira los más singulares mecanismos de asociación.

La sangre española de María José de Simón es la misma que corre por la venas de su trabajo. La brutalidad y decisión en sus trazos nos recuerdan a los mejores: Joan Hernández Pijuán, Antoni Tàpies, Albert Rafols Casamada y el autodidacta como ella Antonio Saura; todos ellos están sin haber sido invitados, no en los colores ni en la composición, tampoco espiándole detrás del cristal, pero ahí, agazapados para lanzarnos un guiño a través de las maneras de percibir un espacio, resolverlo, darle cuerpo y dejarlo para que ande solo su propio camino.

María José anda por la vida con el pincel y la espátula en la mano. Medita, se aproxima, revisa, rechaza, duda, ataca, fuma, deshace, cubre sus huellas como fugitivo acosado, da la espalda, anda y desanda con la misma facilidad. De pronto algo en su percepción la obliga a detenerse y para. La obra está resuelta, aunque para nuestra suerte las preguntas nunca terminen y cada obra prometa ser la definitiva sin serlo.